Crónica de un cuerpo amarillo

Imagen: IA (Chatgpt), Equipo Editorial.

Por: Santiago López

Un lugar frío. De paredes blancas. Una heladez artificial envuelve a los habitantes; allí dentro todos están enfermos, caminan apoyados en la espalda del otro. Ancianos con las cuencas tragándose los ojos, con la piel reseca, pálida, amarillenta. Al sentarse, les crujen los huesos. Las enfermeras piden silencio y la señalización —ese fútil intento de advertencia— queda resonando en un eco que nunca logra su cometido.

Llegamos corriendo con mi madre a la clínica Rafael Uribe, en Cali. Un trancón casi nos hace perder la cita. Correr, correr. Mientras tanto, el piso me daba vueltas por el mareo incesante de la mañana y la turbulencia de mi estómago sin recibir alimento. Ficha UR-07: Resonancia magnética de intestino. «Eso es fácil», decían. «Lo meten a una especie de ataúd tecnológico». «No se tiene que mover o se lo repiten».

Pasaron dos horas; al fin me llamaron. «Traiga un Alka-Seltzer, un litro de agua y la historia clínica. Lo vamos a inyectar», dijo la enfermera. «Le aplicaremos por la vena un líquido que le causará mareo, náusea y vómito». El primer chuzón fue como una puñalada. Sentí el líquido entrando. Sufro. Soporto. Me tomo el agua, de un sabor dulce debido al calor directo al que estuvo expuesta, por ese horno que es la ciudad de Cali en sus calles. Todo está caliente. No encuentras refugio ni siquiera bajo el árbol más frondoso.

Me desvisto. Me pongo la bata azul de enfermo, usada por todos los ancianos que pisan este estudio. Yo me siento viejo, con dolencias de viejo. La primera señora en la fila camina de un lado a otro con una sonda; tiene cáncer de estómago y el cabello maltratado. En fin, en la enfermedad, ¿qué importancia tiene el cuidado personal? Ya nada es relevante, más allá de pasar una buena noche, poder dormir tranquilo o sufrir lo menos posible.

«El joven», me llaman en ese lugar, en ese geriátrico de señores con el páncreas dañado y las vejigas a punto de explotar. «Que me le vaya bien, mi niño», es lo último que escucho. Voy al salón contiguo. A través de la ventana veo a mi madre; el vidrio transparente simula que está allí cerca, conmigo. Mi compañía. Me mira con esa cara triste que tienen las madres cuando un hijo pasa por algún defecto. Es como si se transmutara el sufrimiento, como si existiera un cordón umbilical etéreo que aún alimentara esos sentimientos trágicos; pero a la inversa: ahora es el hijo quien le transporta sus sentires. Sus pésimos sentires.

Es verdad lo que contaron: es un ataúd con luces y sonidos que titilan. Parece un horno de cremación. Me ubican boca abajo, con los brazos estirados, mientras por mi vena ingresa ese insoportable líquido que hace un estruendo en mi estómago y termina de revelarse en esa posición de aprisionamiento. La máquina empieza su jerigonza de sonidos trémulos, parejos, directos. Como el clic de una fotografía, pero mucho más fuerte. Un ulular de maquinaria, un pitido insoportable. Cesa. Pienso que se acabó, pero renueva el ataque. Me saca y me adentra de nuevo en el ataúd. Se apaga. Viene la enfermera: «No se vaya a mover». Toma mi brazo izquierdo, alza la jeringa e inyecta los últimos rastros del maldito líquido.

La última puñalada casi me mata; la sentí en el corazón. Empezó un rebuscar de recuerdos, una necesidad urgentisima de llevar mi mente a otros terrenos: visitar la casa de mi abuela cuando era niño o las mañanas que disfrutaba en mi bicicleta. Ahora más que nunca quiero llorar. Miro a mi madre a través del recuerdo, la abrazo. Pienso en papá, lejos de aquí, preocupado, llamando a un celular que no consigue comunicar cuánto está sufriendo su hijo. Su único hijo.

Mis brazos se han dormido; prosigue un hormigueo sanguíneo. A la media hora termina el primero de la lluvia de malestares que seguirán. Una ida al baño cada dos minutos; mi cuerpo no soporta ese líquido y, hasta no expulsarlo, no podré remontar mi estado normal de enfermo.

Es diciembre y, desde finales de julio, vengo arrastrando esta dolencia indescifrable. Una compañía sempiterna que ha cavado un hueco en mi abdomen. No tomo el computador para escribir hace mucho; pienso en la imposibilidad de plasmar mis ideas. No sé cómo he sobrevivido este año, pero lo hice. Con voluntad. Con dolor ajeno. Con ritos religiosos y creencias etéreas. Enfrentando a las brujas y a los «trabajitos» que algunos pusieron sobre la mesa. Sobreviví acostado la mayor parte del tiempo, con un dolor eterno en la parte baja de la espalda.

Seis meses de pagar copagos en la EPS Sanitas. Una repetición constante de exámenes de sangre. Siguiendo el orden médico, uno va escalando según los pisos del edificio: en los primeros, medicina general; luego, medicina familiar. Y si ya no saben qué carajos hacer contigo, te remiten al especialista (si es que no mueres en el proceso).

Recuerdo estar en el quinto piso del hospital. Es el último. Le digo a mi madre: «De aquí no nos pueden mandar a otro sitio, no hay hacia dónde más escalar». Pasó lo que temía: de nuevo la médica me ordena exámenes. De nuevo debo hacer fila, mostrar mi brazo delgado y mirar cómo me desangran. A estas alturas debo haber perdido un litro de sangre. ¿Y todo para qué? Para que me regañen con su despotismo, para que digan: «Usted no ha bajado de peso», «usted está bien».

Mis piernas flaquean, mi cabeza pesa el triple que antes y mis ojos lloran cuando no deben; arden como fuego. Después del quinto piso no hay nada más. Me queda sentarme en los momentos de tormenta, respirar ante la tempestuosa enfermedad y esperar… esperar a que el invencible verano tome posesión de nuevo.

En la primera cita de medicina familiar me preguntaron: «¿Le han dolido las articulaciones?». «Sí —le dije—, las piernas». «¡Esas no son las articulaciones!», gritó. Así es la parte alta del edificio: cada ascensión es un grado más de la antipatía de esos médicos inservibles, cuyo tacto está por el suelo.

Es más fácil contactar al alcalde que a un especialista médico  en una ciudad pequeña como Popayán. El Estado proporciona la opción de quejas y reclamos; en diciembre envié la mía y recibí una respuesta tardía que asignaba una cita para el 20 de enero del presente año. Solo en 2023, la entidad acumuló más de 185,000 quejas y reclamos (PQR) por la falta de oportunidad en citas de especialistas y la entrega de medicamentos. Somos un ejército de fantasmas en los pasillos: 15,400 personas al mes gritando a través de formularios digitales que no quieren morir.

Terminó encontrando mi falla un especialista con consultorio privado, pagado con el dinero que hemos ido recolectando y otro tanto sacado de las billeteras de ajenos que se hacen partícipes del dolor individual. Si esperaba la cita del 20 de enero, posiblemente estaría escribiendo las memorias de mis putas tristes con García Márquez, conviviendo entre la maleza del averno y recorriendo los círculos, mientras me convertía en un número más de negligencia médica en el país del Sagrado Corazón de Jesús. Si tienes dinero —mucho dinero— te salvas; si no, debes acomodarte a los horarios y a las largas listas de espera que se acumulan en los sistemas burocráticos.

Sobre el autor

Santiago López. (Popayán, 2002). Periodista. Fundador de Mala Hora, proyecto de periodismo cultural dedicado a la literatura y el cine. Su oficio abarca la intersección entre la imagen y el texto.

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