Ungüento medieval

Ilustración: @juarjogomez

Por: Esteban Roldán.

Estábamos escuchando tangos y brindando porque, a pesar de todo, éramos unos afortunados que teníamos una cama donde dormir, comida en la mesa y salud, que es lo más importante, dijo don Danilo en otra de sus visitas para cobrarme y de yo pagarle con billetes arrugados, que se caracterizaban por parecer de verdad.

—Y mujeres, que no faltan, ¡salud! —brindó.

No quise acompañar ese brindis. Muy de mal gusto me pareció. Más que a mí sí me faltaban. Pero como a él le sobraban, hizo en su cabeza el ejercicio estadístico y matemáticamente me asignó alguna como si calculara el ingreso per cápita en este país pobre, desigual y montañoso.

Entonces todo quedó oscuro y en silencio. Un silencio parecido a meter la cabeza en una piscina. El mundo se frenó. Don Danilo, con una copa en la mano y en la otra el tetrapack de aguardiente, tanteó el marco de la puerta con los codos, apoyó sobre el pasamanos la barriga y mandó un grito abajo por las escaleras:

—¡Wilfrán!, ¡¿qué pasó?!

Se dice que la estrella más cercana está a cuatro años luz de distancia. Eso es como si uno hundiera un suiche aquí y solo hasta dentro de cuatro años se prendiera un bombillo allá. Y para ver la luz encendida tendríamos que esperar otros cuatro más. Don Danilo no podía esperar tanto, pues la felicidad se le iba a ir. Pero más o menos el grito demoró eso en ser contestado por Wilfrán, que lo más seguro era que pensara en algo para decirle y que don Danilo no se fuera a dar cuenta.

—¡Se fue la luz! —atinó a contestarle.

—¡Yo sé, maricón, por eso te pregunto! ¡¿Qué pasó?!

Uy, Wilfrán. Pobrecito. Si don Danilo supiera. Antes de que le diera por bajar le pedí un guaro y se volvió a entrar a la pieza.

—Deje, deje que en cualquier momento vuelve —le dije.

—¡Wilfrán, qué fue!

—¡Voy a revisar!

No le di tiempo a don Danilo de que siguiera con la preguntadera y le ofrecí un brindis.

—Por Reblujo —le dije, aunque nunca lo conocí.

Me miró torciendo la boca y brindó.

—Que en paz descanse. Casi que no se muere el hijueputa.

Se levantó los pantalones hasta el ombligo y se sentó en la cama. La copa en el nochero. Miró por la ventana recordando a Reblujo, introspectivo.

—Menos mal la plata que me quedó debiendo era poquita. Que se haya muerto fue igual a que se me muriera un caballo viejo. ¿Me entiende? Qué pesar y todo, pero mejor así.

—Dicen que se fue debiendo muchas cosas. No hay día que alguien no lo mencione. ¿Aquí dormía?

—Ahí mismito —dijo don Danilo. Se veía su silueta con la copa pegada a la cara tratando de no regarla en la oscuridad. Después sirvió la mía.

Como no quería beber tan seguido y estaba oscuro, la eché debajo de la cama a ver si de una vez mataba el olor a orines.

—Cuénteme de Reblujo —le pedí para darle tiempo a Wilfrán de que solucionara sin que don Danilo se diera cuenta.

Don Danilo empezó a contarme una historia que ya yo me sabía. La única historia que valía la pena relatar para recordar a Reblujo, la del día en que se murió. Prendí una vela y con el cuaderno sobre la almohada fui apuntando para que el creyera que estaba muy interesado.

Ese día por la mañana se pone casi al día con don Danilo y ya sin plata sale muy orondo a negociar el rato con Carlos Amparo. Le argumenta que él pone la pieza, que no le cobre tanto y que se ayuden entre vecinos que tan apeñuscados viven que ya parecen familia.

Carlos Amparo acepta, con la condición de no darle picos. Igual a nadie le da, pero le quiere advertir porque por alguna razón a Reblujo le dicen así. Es sino verlo y la primera palabra que se viene a la mente es esa, reblujo. Como ver un rincón lleno de ropa sucia tirada durante todo un fin de semana.

Pero, de la misma manera que provoca bañarlo, restregarlo con un cepillo, prenderle un incienso y tusarlo con la cero, provoca mantenerlo lejos, a una distancia más que necesaria. Dicen que hasta infecciones podría tener. Siempre sudoroso, mantiene de camisilla cuello redondo de algodón debajo de la joroba llena de pelos que le caminan sobre los hombros y le bajan por los brazos. Los bigotes manchados se le meten a la boca. Emana un hedor que mezcla varios aromas repugnantes, todos reconocibles, demasiado densos para unirse en uno solo. Puede distinguirse el olor de la ropa sucia y tostada de mugre, el olor de la piel grasienta, del sudor viejo, de la humedad de los hongos en las uñas de sus pies y de los pedazos de comida vieja pudriéndose entre sus muelas. De allí la advertencia de Carlos Amparo de que nada de picos ni besos ni nada de nada.

Con porte y andar despreocupado, Reblujo sale sin inmutarse por el estrépito de gritos de Carlos Amparo. Que le pague, estúpido, que le dé la plata, imbécil. Sigue Reblujo alargando los pasos como quien juega a no pisar las juntas de las baldosas, mientras Carlos Amparo le insiste dando salticos con las chanclas sueltas y acomodándose las espumas en el brasier.

—Pagame, asqueroso, pagame.

Lo más seguro es que grite así de duro esperando que le ayuden a frenarlo, pero de nada vale. Vana la añoranza. No hay colega que se le meta en el camino para hacerlo responder. Más boba ella que sabiendo quién es Reblujo le pone el culo de papayita, dicen después. Le abren paso, siguen en lo suyo, se hacen las locas.

A punto de llegar donde la callecita en diagonal termina, Reblujo se gira con una mano extendida para ser muy claro:

—¡Vos sos mitad mujer; mitad te pago! Y si te preñé, yo te respondo, maricón tan bobo. ¡Adiós!

Ese frenón le da forma a Carlos Amparo de alcanzarlo. Lo agarra de un hombro cuando Reblujo ya está cogiendo impulso otra vez y lo voltea. Con una voz gruesa que todavía recuerda y con la mandíbula torcida le habla apretando los labios: “¡Que me pagués, gonorrea!”.

Reblujo ablanda la expresión y se dice que ahí, todavía en vida, le ve los ojos a la muerte. Está tragándose un nudo seco en la garganta por salir a las carreras y por la sed que le deja el sexo recién tenido. Queda de frente con Carlos Amparo resoplándole cerquita en un solo temblor. En ese instante lo ve transitar no de mujer a hombre ni de hombre a mujer, sino más bien de persona en algo sombrío y desfigurado que le pone cara de ser capaz de hacer cualquier cosa con tal de que le pague.

Pero una cosa es tener a Reblujo a la espalda, fuera de vista, sentirlo ahí detrás hacer lo suyo, empujando, gimiendo, nalgueando, apretándole los gorditos de la cadera en una habitación oscura, y otra muy diferente es verlo de frente con su aura turbia. En ese momento Carlos Amparo prefiere no haberlo parado a pedirle la plata. Desea haber hecho la escena de que él sigue caminando hasta dejar la cuadra y resignarse, no tener que mirarlo a los ojos ni respirar tan agitado su fetidez ni resolver de la manera en que lo resolvió todo.

Carlos Amparo mete la mano en su cartera, esculca con afán y le vacía el gas pimienta en la cara. Después se devuelve corriendo para la pensión, se arranca las pestañas y se sienta a llorar en las escalas.

Reblujo cae de rodillas apretándose los ojos como queriéndoselos sacar. Apenas puede respirar en medio de las arcadas y los mocos que se le salen a chorros; un pulgar en una fosa, una exhalación fuerte por la nariz y caen al suelo, viscosos. Justo afuera de la talabartería donde el talabartero afila un cuchillo ya casi un garfio de años de ponerlo al esmeril.

Algún alma buena le echa una bolsa de leche encima. Una sensación parecida al sonido de una brasa apagada con agua debió sentir en la cara. Fue sino recibir el lechazo para desmadejarse tranquilo.

—¡Se murió! —alguien dice.

Muerto no está. Todo lo contrario. Si algo hace en ese momento es respirar de manera consciente.

—¡Lo va a matar! —dice otro cuando el talabartero, que es sordo, tosco y muy aseado, se asoma a la puerta de su local y ve semejante masa sucia apenas moverse. Y un reguero de leche con mocos y babas en la acera. Ahí es cuando deja ver el garfio recién afilado. Una hoja delgadita en que alcanza a chisporrotear el sol.

Reblujo se para por partes. Levanta la cabeza, el tronco, la cadera. Ya en cuatro patas, apoya un codo en la pierna y está de pie. El talabartero, que además es mudo, entiende nada más al verlo que no es persona presta al diálogo, mucho menos por señas. Con el pulgar tantea el filo de su navaja como si tocara la cuerda de una guitarra, sacándole una nota que no puede escuchar y la guarda en su delantal de cuero.

Sin darse cuenta, Reblujo camina imitando un pingüino. Cruza la calle, para un taxi y se va sin saber que más tarde se va a morir.

A partir de ese momento todo lo que hace ese día se sabe de a poquitos en la pensión. Aquí todo se sabe. Un paso da Reblujo, un paso dicen que ha dado. La información llega igual que fichas de un dominó en fila que nunca terminan de caer. Pareciera que el mundo supiera que está que se muere y con empeño estuviera pendiente de él.

El taxista abre todas las ventanillas y por el retrovisor examina a Reblujo, que termina de limpiarse los mocos con el envés de las muñecas y la camisilla empapada de leche. Es un día caluroso, malo para el gremio, bueno para los problemas. No se fija bien y apenas ve una mano levantada, frena y lo deja subir. ¿Cómo va a limpiar los cojines cuando por fin se baje esa bola de grasa? Solo su asiento tiene el pellón de bolitas de madera que da frescura y protección a la tela.

—¿Para dónde vamos? —le pregunta.

—Derecho, que yo le voy diciendo —le responde.

Pero no le va diciendo. En cada esquina el taxista lo mira por el retrovisor, saca la cabeza por la ventanilla y puede respirar. Siguen derecho sin decirse nada hasta que de tanto mirarlo y mirarlo, el taxista no aguanta más. Conoce de memoria el oficio y ha aprendido a reconocer la calaña por la facha. Cuelga debajo del asiento una navaja amarrada con un velcro. De las que se abren hundiendo un botón, con la hoja diseñada para provocar una hemorragia interna, sin regueros dentro del carro.

—Dejame aquí —escupe Reblujo.

El taxista siente el fresquito que busca por fuera de la ventanilla. Frena rápido. Frena como si fuera a recoger una carrera para el aeropuerto y, avezado en el acto de descargar pasajeros de todas las formas posibles, nota la malicia disfrazada de afán de Reblujo. Sabe con tiempo que, de bajarse, se baja sin pagar. Desenfunda la navaja, que hace clic al instante, y con su brazada de nadador aficionado lanza la puñalada.

Pero Reblujo camina dos pasos delante de la muerte. La puerta abierta, el cuerpo a medio asomar y adiós. Un corte en el cojín lacera la espuma en una herida que el taxista siente suya. La siente justo donde más duele, justo en el bolsillo. Los problemas hay que dejarlos ir, no agrandarlos, concluye, aprende la lección y se cree una persona sabia. Reblujo le sirve más afuera que dentro del taxi. Junta con los dedos el corte recién hecho queriendo recordar el buen estado en que estaba y no puede dejar de imaginarse el daño que pudo haber provocado. Al final se siente contento de al menos haber sido capaz de lanzar el envión. La próxima, no falla, se dice y se cree una persona valiente.

Reblujo abandona la parte de la ciudad donde su persona es, en medio de todo, tolerable y se puede reconocer parte del paisaje. Se mete allá donde no cabe, donde la gente espera que no se aparezca alguien así en pleno día, donde lo empujan con los ojos, donde se espera que respete el pico y placa natural de la zona, o por lo menos que comparta la calle con los carros y deje libres los andenes.

Un escozor todavía le sobrevive en la garganta. El sol de casi el mediodía le calienta el pecho y un hilillo de olor a quesito le pica en la nariz. Levanta los brazos. Aspira profundo en cada axila, olores viejos, familiares. Se agarra el cuello de la camisilla con las dos manos y pasa la lengua seca por la tela. Leche cortada y sudor. Camina acogido a la sombra que cae oblicua de las terrazas de los edificios y frena en una panadería. La bandeja de la fritadora está llena de buñuelos que asemejan una enorme canasta de huevos colorados. Otros nadan en la manteca y casi parecen vivos.

Algo que solo quienes lo conocieron entenderían natural en él, lo lleva a tantear uno a uno los buñuelos hasta dar con el que le parece ni muy caliente, ni muy tibio, con la costra dorada y crocante y el queso esponjoso por dentro. Lo saborea, hace un bolo en la boca que antes era una polvareda y produce así la saliva que necesita para tragar el amargor que trae. Lo disfruta, lo paladea bien, de pronto sabiendo en algún nivel de la inconsciencia que es el último que se come, luego de clavarle la uña a varios, ya fríos, imposibles de tragar.

Un barullo en el aire. Se asoma la mirada puntuda del panadero y se oyen los reproches de la clientela. Reblujo descarta buñuelos y tose para destrabar el taco en la garganta. Yo no lo sabía, pero las quemaduras provocadas por una fritanga de buñuelos salida de control pueden matar una persona. No lo sabía, pero todos lo comentaron en la pensión. Comentaron que el panadero, no más ver a Reblujo en esas, sacando a priori la conclusión de que ni pa qué le dice nada, mete el cucharón en la candente grasa dorada y le tira a dar sin darle mucho. Par de gotas en un cachete y en la oreja.

Rueda el buñuelo y detrás las palomas. Reblujo da trompicones de para atrás mandándose la mano a todo el lado derecho de la cabeza. Porque un quemón con manteca duele tanto que ni se sabe dónde es que duele. Se siente como una emanación reconcentrada que no es posible entender bien dónde es.

En ese desandar de pasos a que se ve obligado, embiste de espaldas a un ciego que no parece serlo. No lo parece porque cuando su carrito lleno de chiclets, cigarrillos y confites se desparrama en la calle y escucha el estruendo, se tapa la cara como queriendo no ver. Pero el ciego es de verdad. No ve y no quiere ver. Y en un reflejo, sin saber del todo qué está pasando, saca también su navaja de clic, muy tradicional en la ciudad, de mango metálico y hoja delgadita, y empieza a dar vueltas en un solo punto mientras con los pies trata de arrumar la mercancía.

Como el ciego no parece serlo, Reblujo alcanza a ver en la opacidad de sus ojos perdidos el guiño de la catrina que ese día lo está buscando desde temprano. Rueda sobre el abdomen como un trompo que ha perdido el impulso y antes de pararse ya lo están rodeando en montonera un círculo de gente empática. Gente que soporta cualquier agresión al prójimo a no ser que parezca cieguito. Además, viejo. Además, pobre. Además, Reblujo, por más que no haya tenido intenciones de tumbarlo, tiene la pinta que la gente empática asume que tienen aquellos que hacen las cosas por maldad, por sevicia y por vicio nada más.

Por un momento, Reblujo se queda agachado, con el cuerpo recogido queriendo hacerse chiquito o invisible, pero el olor lo delata. Hay que darle, dicen. Descarado, va a ver. Denle pues, denle, vamos a darle, de una, démosle; si no, la sigue haciendo, hay que darle para que aprenda, para que respete, cómo fue, que le duela, quién le da, yo no le doy porque me ensaño, a ver pues, lo vamos a dejar volar o qué, y entonces, démosle, démosle, alguien que empiece y lo seguimos.

A fin de cuentas, nadie le da. Se quedan viéndolo con ganas de darle, pero sobre todo con ganas de que otro le dé para no tener que entrar en contacto con eso que ahí tirado parece que varios locales hubieran sacado la basura a la misma hora, en el mismo punto, amontonada para que se la lleven los recicladores. Pero le desean cosas malas de mente y de corazón puro. Y demás que le desean la muerte que más tarde le llegará.

Reblujo intenta pasar al otro lado de la calle, casi a gatas, sin fijarse en los carros y motos y buses que vienen apostando carreras desde el semáforo de la esquina. La muerte que lo sigue como el sol, sin saber de qué manera agarrarlo parece haber decidido mandarlo a coger de un carro para no matarlo ella. Un motociclista viene por mitad del carril picando la moto con una mano en el manubrio y la otra en la parrilla, rastrillando la placa contra el pavimento y echando chispas. Algo le hace suponer, quizás, que al verlo las mujeres alrededor se muerden los labios con deseo. El motociclista deseado alcanza a ver a Reblujo que va de lado a lado de la calle. Lo ve arrastrarse, gatear, pararse en dos pies. Ve la evolución del simio sin que cambie mucho de aspecto. Entonces frena, casi en seco, y controla la moto para deleite de sus admiradoras, que del deseo pasan a la lástima cuando un Renault 9 pirata lleno de pasajeros lo embiste por detrás y se arma un taco.

El del Renault 9 le echa la culpa al de la moto por frenar en seco. El de la moto se la echa a Reblujo. Y Reblujo sigue campante, con ganas de que el mundo no le pare tantas bolas, que la vida siga normal y no sentirse más que está dando vueltas en un sanitario yéndose por la parte más chiquita del remolino y a punto de desfondarse por el desagüe del que ya no se puede volver. Saca ganas de decir algo y les grita con la mano abierta, como le gusta hablar:

—¿Dónde está la gran hijueputa cultura? La vía la lleva el peatón. ¡Arreglen! En la calle y en las putas el que da por detrás paga —y pisando con los talones se monta a la acera.

En la acera se camufla en un corrillo que le hacen a un culebrero en plena retahíla. Sombrero aguadeño con plumas, collar de arepas, culebra de plástico sobre los hombros, bluyín azul clarito, camisa por dentro, correa con pelos, carriel y sandalias de cuero compradas en la Feria de Ganado. En el piso una manta a cuadros donde tiene el último descubrimiento de la Edad Media, dos meses antes de la invasión de América: el Ungüento Medieval. Una pomada a base de miel egipcia, aceite de oliva, hojas de Castaño español y bicarbonato de sodio. Según el culebrero, fue lo primero que se echó Cristóbal Colón para repeler los mosquitos una vez puso un pie en continente americano.

Reblujo queda hipnotizado por el candor lingüístico del personaje y por las propiedades curativas del producto. Las quemaduras de aceite de buñuelo le supuran con un ardor indecible. Se abre paso, mejor, le abren paso nada más al sentir su presencia y se ubica en primera fila. El culebrero hace la demostración de cómo el Ungüento Medieval elimina de tajo las canas, las lúnulas y devuelve el color natural del bigote a fumadores seriales.

El corrillo que crece y se hace cada vez más frondoso da fe del convencimiento que produce el culebrero que con sus demostraciones evidencia la efectividad de la pomada. Reblujo se agacha, abre un tarro y mete dos dedos. Vamos a ver si no es un tumbis, dice duro. Se embadurna la oreja y el cachete y qué alivio, qué eficacia, qué frescura. Sin interrumpir su espectáculo, el culebrero lo sigue con la mirada disimulada. Curioso, Reblujo se echa del Ungüento Medieval en las axilas, abre los brazos y huele. Nota al instante la sensación a recién bañado. Coge otro poco y se cepilla los dientes y las encías con los dedos y las uñas. Hace gárgaras, se lo pasa con la lengua por el paladar, escupe, repite. Sacude el tarro y una plasta grande cae en su mano y se engomina el pelo y se peina y se echa en los codos y en el ombligo.

En esas se escuchó un grito que lo desacomodó todo, un grito dicho para ser escuchado de una sola vez y sin repeticiones, de esos que no solo se oyen, sino que tienen textura, olor, forma y que trascienden los sentidos:

—Don Danilo, ¡llegó la luz!

Don Danilo contó hasta que el culebrero suelta el tarro con el que hace las demostraciones como si con la llegada de la luz tuviera que dejar de hablar. Luego se fue a poner música y a preguntarle a Wilfrán qué era lo que había pasado. Y menos mal no se dio cuenta. Wilfrán le dijo que fue un daño en todo el sector. Porque el problema era que, si don Danilo bajaba y se daba cuenta, se iba a armar un mierdero.

SOBRE EL AUTOR

ESTEBAN ROLDÁN (Bogotá, 1987) Carpintero teórico. Ganador VI Concurso Nacional Universitario de Microrrelato Palabras Contadas EAFIT 2021. Ganador del Portafolio de Estímulos del Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia con el libro Cuentos guerrilleros (Klepsidra 2023). Ganador por selección especial del V Concurso Iberoamericano de Cuento y Novela organizado por la Fundación Elena Poniatowska y la Sociedad Ventosa Arrufat (México 2025). Ganador Concurso Literario Manizales del Alma 2025, con el libro de cuentos Madera. Autor de los libros Cuentos guerrilleros (2023) y Madera (2025). Ha publicado en medios como Universo Centro y Revista Generación de El Colombiano.

OBRAS EN VENTA DEL AUTOR:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Facebook
Instagram
YouTube
URL has been copied successfully!
Scroll to Top