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Por: Pedro Mieles.
Más tarde en la habitación, reviso las publicaciones en Facebook. Se publica la foto que será el rostro de las luchas sociales indígenas por décadas siguientes. En la imagen, una mujer de avanzada edad tiene una mascarilla puesta de color blanco, su piel es morena, aindiada. Tiene un poncho rojo y una camisa mangas largas cubriéndole el torso. Falda negra, medias nailon, zapatos negros de tacón bajo y un sombrerito que le adhiere más drama a lo que ya está pasando. Lleva una herida en su pierna fruto de algún impacto en medio del problema. No la inmuta. A su alrededor muchachos niños, señoras y adultos mayores observan a la cámara o corren despavoridos por la pequeña calle de algún barrio cercano a las protestas en Quito. La mirada de la mujer situada en el centro de la imagen es casi como ver a los espíritus de diez mil guerreras abrazándola en ese momento. Creándole alas para saber que ella es el grito de independencia. Ella es quien ha roto las cadenas. La foto ha sido publicada por varios medios: la BBC, por ejemplo. Los encabezados son casi nefastos, muy desfavorables. Dentro del artículo cambia la cosa. Hay que hacer impacto para que la gente compre. Hablan sobre la importancia de las mujeres en la lucha indígena. Ella es de Cotopaxi. Nunca posó para la foto. El corresponsal, dice que apareció ahí en el momento justo para dejarla inmortal. Dice también que a su alrededor todo es bombas de gas, disparos y disturbios. Los uniformados atacan a quema ropa. No les importa a quién van dirigidos los proyectiles. Dice también que después de la foto comenzaron a llegar más bombas de gas y tuvieron que salir huyendo. Nunca más la volvió a encontrar. Son casi las 6 p.m. Clío y Belén, están conmigo en la habitación. Dicen que deben marcharse. Me prometen que me llamarán para salir pronto. Es viernes por la noche, no hay mucho que hacer. Esa noche compro un taco de pollo en un local casi escondido frente a la universidad técnica de Guayaquil. La salsa blanca está en su punto. Llegado al cuarto, estallan las noticias del mundo: Chile ha comenzado a levantarse: incendios gritos cacerolazos vías cerradas. Algunos expertos piensan que fue Ecuador quien dio el primer paso contra el FMI. Es casi como ver una teoría conspiranoica. Algo no me huele bien. Algo anda mal. Van a joder a Latinoamérica y al país.
Recibo un mensaje por Instagram de Clara diciéndome sobre una fiesta que dará Augusto en el sur. Me pasa la dirección. Esta vez voy solo. Paso comprando por el camino una botella de ron y una caja de cigarrillos. Llego a la casa. Augusto me saluda. Está un poco más grande que la última vez, pero lo veo feliz. Su padre ha fallecido hace unos meses víctima del stress. Paro cardíaco, acv, coma. Kaput. Cuando lo dijo, sentí su dolor. La terraza es muy amplia. Todos a quienes conocí alguna vez me saludan como si nunca me hubiera marchado. «Te ves bien» «Estás más delgado» «¿Un cigarrillo?».
Linda está hermosa. Lleva una blusa blanca y unos jeans apretados que le realzan el metro ochenta de su cuerpo. Me saluda. Tiene una ternura inexplicable. Yo la abrazo y me alejo enseguida. Jaime está solo, no ha venido con su dominatrix, lleva la cartera de Linda que se la pide tan solo para sacar algunos Marlboro blancos. Jaime parece abstraído. Está fumado de marihuana. Al oído, le digo que Linda ha marcado territorio. «La cartera es el símbolo de llevarte a la cama, hermanito». «Estás loco, así no funcionan las cosas», dice él, incrédulo. Me encojo de hombros riéndome un poco. Él se aleja corriendo y le devuelve la cartera. Yo me rio. Una broma. Enciendo un cigarrillo. Clara se encuentra con Blas y están un poco austeros. Últimamente la expresión de Clara es más sombría. Temo por ella. No quisiera que algo malo pase. Clío llega enseguida en un auto amarillo a toda velocidad. Se baja. Anda empastillada y sus ojos le brillan como dos diamantes. Me abraza. «Te amo». «Quiero licor, dame algo». Nunca la había visto así. Parece que está feliz. Buen tiempo para no andar en crisis. Mezclo el trago en una jarra grande. La ocasión amerita Ron Coca Cola Vino y algo que encuentro por ahí. Delicia. Todos beben. Bajando las escaleras para ir al baño me encuentro con Flor que está liando un cigarrillo de yerba. Ya nos habíamos saludado. Nos quedamos fijados en nuestros ojos. Nos besamos sin más. Es un beso largo. Sus labios se sienten húmedos. Magia. Ella se va y yo llego a la puerta. Dentro del cuarto están follando dos muchachos, los reconozco por sus gemidos. Me río. Digo que debo entrar al baño porque me estoy cagando. El último suspiro ahogado se escucha y ambos salen después de unos segundos, lentos y sonriendo. Descargo toda la porquería dentro de mí y es el alivio instantáneo. Regreso a la fiesta. Blas me llama y nos alejamos. Es el único que conversa conmigo cuando nadie más está cuerdo como para articular una palabra.
—Oye ¿qué mismo con Celine? —Me pregunta. Un tanto preocupado.
—Estamos juntos. La adoro. Pero Ann… —Respondo. Un poco triste.
—Ha vuelto… ¿Qué harás? —Pregunta él. Observando las luces de las casas.
—No lo sé. Realmente no lo sé. Ann, fue todo para mí. Lo sigue siendo. Me duele tener que verla en la ciudad que nos vio ir y venir entre tanta desesperación. Por otro lado, Celine es lo mejor que me ha pasado. Que me podría pasar. Entiende lo que sucede en el mundo. No estamos de acuerdo en todo. Tendemos a discutir. A veces me golpea y otras veces yo le grito. Estamos locos. Me gusta eso. Me da paz. Nunca llegamos a la violencia intrafamiliar. Ja, ja… No lo sé… —Digo yo. Encendiendo un cigarrillo.
—Elige bien, no seas idiota en estos momentos. Recuerda lo que pasó la última vez. Recuerda el potente asesinato de tu ser. No caigas de vuelta a eso. No rompas en mil pedazos a nadie. Ni tampoco te rompas a ti… —Dice él. Extendiendo su mano hacia mi mano. Pidiendo sin palabras que le convide el cigarrillo.
—Qué se yo… El amor es… Digamos, lava congelada. Es horrible saber que al final del día aun amando a quien sabes que es real, que está ahí contigo, una parte dentro te dice que todo se va a ir a la mierda. Que en cualquier momento todo va a estallar y tu cuerpo y tu alma y tu mente se va a quedar flotando en la nada. Y a la vez, la única certeza que tengo, es el amor. —Digo sin más.
—Carajo, no escuchaba a ese Piero hace mucho tiempo. Me alegra que hayas vuelto. —Dice él. Botando una estela de humo.
—Me alegra estar con ustedes y poder hablar contigo. —Digo yo. Observándolo. Sonriendo.
—Algún tiempo atrás dijiste que yo era tu alter ego. Eso lo confirmamos siempre, ¿no? —pregunta él. Riéndose un poco. Alejándose del letargo.
—Sí. —Digo yo.
—Bueno, ya. Vamos a beber poeta, que esto es una fiesta, caramba. —Responde él. Botando el cigarrillo a medias. Reincorporándose con la fiesta.
Por los altavoces suena The world is mine de David Guetta. Todo el mundo está bailando, por fin. El lugar parece correr en cámara lenta. Una hermosa toma general mientras viene y se contrae la velocidad a cada paso. Blas avanza conmigo abrazado y riéndose. Ambos llevamos nuevos cigarrillos en nuestras manos y vamos vestidos de chaquetas de cuero. Plano americano a nuestros cuerpos. Cowboys urbanos. Esto solo es un juego. El grupo está completo. Por primera vez en mucho tiempo me siento bien, aunque solo sea por segundos. La plenitud, a veces, llega de esa forma: como un guantazo en la espalda, que te despierta de pronto de la pesadilla. De la desolación. Y te sientes en casa; un hogar imperecedero y totalmente imaginario como la patria. A cualquier lugar donde vayamos, nosotros seremos esa tierra. Ahora puedo entenderlo.
Pasada la hora uno a uno se va marchando. Blas se despide. «Piensa bien las cosas», me dice. Me da un golpe en el hombro sonriendo. «Nos vemos ñañito». La gente se aleja. Todavía no tengo las llaves de la puerta principal del edificio y me niego a pagar una noche de hotel. Una muchacha que conversa con Augusto me pregunta cosas, me sonríe. Augusto la quiere para él. Yo no necesito esos líos en mi vida. Me alejo. Estoy casi al borde. Flor se sienta conmigo. Tiene frío. Le doy mi chaqueta, aunque ella se niegue a las primeras. Realmente el viento es helado. Le pregunto al oído si puedo quedarme en su casa. Le digo la verdad sobre las llaves. Ella acepta con gusto. Nos vamos después de unos momentos.
En su cuarto nos besamos de nuevo. Tiene un rostro angelical. Su cabello es Ondulado y largo. Hacemos el amor. Me monta. Gime ahogada, mientras intento no desvanecerme. Suspira en mi oído besándome despacio. La humedad se hace presente. Lo está consiguiendo. Acelera el paso mientras yo beso sus senos. Su orgasmo llega mientras ella rasga mi pecho, enterrando sus uñas en busca de mi corazón. Nos despertamos a las 10 a.m. Ella sonríe y se aprieta junto a mí. Debo irme. Beso su cuello. Toco su sexo que está húmedo. La penetro. Lo hacemos despacio. Sin decir ni una palabra. Ella agarra mis nalgas y me apega más. Todo termina. Fugaz. Debo irme. Ella asienta con la cabeza. Conversamos sobre algo que ahora ya no recuerdo. La luz me golpea en el rostro y le doy un beso. Le digo te quiero. Tomo un taxi que pasa por la calle. Llego al cuarto de alquiler. Miro alrededor. Siento frío. Escalofríos. Me envuelvo en las sábanas sucias hasta caer dormido. Esto solo es un juego.
Sobre el autor
Pedro Mieles Cantos. (Guayaquil, Ecuador.) Poeta, radicado en Estados Unidos. 28 años. Un poema seleccionado en la II Antología de la FIL NYC, Estados Unidos, 2022. Un poema seleccionado en la antología Huellas y Silencio, Encinas Reales, España, 2022. Parte de los seleccionados de Poesía para NJ BARDS, New Jersey, Estados Unidos, 2022. Finalista en Emerging Writer Fellowships – Categoría Narrativa, propuesta por Miami Book Fair, Miami, Florida, 2022. Tercer lugar en el 10mo Concurso de cuento y poesía de ciencia ficción “José María Mendiola” – Categoría Poesía, México, 2023. Un poema de ciencia ficción seleccionada por la Biblioteca UCLM – España, 2024. Su primera novela Artificios, fue publicada en la casa editorial After the storm, El Paso, Texas, Estados unidos en el 2025
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